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Artículo: Gestión de Experiencias de los Clientes >> descargar pdf
Que
el Cliente debe ser el centro de cualquier estrategia empresarial con
vocación de éxito, es algo que, a día de hoy, nadie se cuestiona. Sin
embargo, aún son muchas las empresas en las que “poner el foco en el
cliente” es poco más que una simple declaración de intenciones. En
el ámbito del retail y de los servicios, en los que operan la mayor parte
de las franquicias españolas, esa necesaria “focalización” debe ser
sinónimo de dotar a las enseñas de un sistema estructurado de gestión
que les permita asegurar que la experiencia de compra y consumo de sus
clientes sea satisfactoria, con el objetivo final de conseguir una mayor
fidelización y vinculación, tanto emocional como económica, hacia su
marca. Cuando
se habla de gestión de experiencia de clientes (lo que los anglosajones
denominan CEM, customer experience management), debemos entender el
concepto “experiencia” en su acepción más amplia posible, englobando
todo lo que un cliente vive, experimenta, siente, percibe, disfruta (o
sufre), en todos sus contactos con una marca, con sus productos, con su
personal, sus tiendas, su publicidad. Por
ese motivo, es determinante realizar una adecuada gestión que garantice
la calidad de las experiencias que una marca franquiciada ofrece a su público.
Correcta gestión que vendrá determinada por el grado de cumplimento de
las siguientes características: Intencionada:
la experiencia del cliente frente a nuestra marca no puede ser fruto de la
casualidad o el azar, ni tampoco del libre criterio o la buena voluntad
del personal de contacto. Debe ser un acto de total premeditación,
resultado de un proceso completo de investigación (¿quién es nuestro
cliente y qué necesita?), definición (¿qué podemos ofrecerle de forma
rentable?), implementación (¿cómo vamos a hacerlo?), control (¿cómo
vamos a asegurar que se haga correctamente?) y mejora constante (¿cómo
vamos a evolucionar con las propias necesidades del cliente?). Integral:
las experiencias y vivencias de compra o servicio, se definen en base al
amplio conjunto de inputs que el cliente recibe en su relación con
nuestra enseña: una promesa formulada en un anuncio, una experiencia
pasada, un rótulo sucio, un sutil olor, una saludo espontáneo, una
demora excesiva, una sonrisa natural, una asistencia poco resolutiva, un
ticket de cobro incorrecto, una bolsa resistente. Todo, desde los pequeños
detalles a los grandes atributos, son elementos que pueden condicionar la
experiencia de forma positiva o negativa. Por eso, debe entenderse la
generación de valor en la experiencia del Cliente como un proceso de
gestión integral, que implica a toda la Organización, con especial énfasis
a las áreas de Marketing, Operaciones y Recursos Humanos. Consistente:
tanto en el tiempo como en el espacio, el cliente debe experimentar el
contacto con una marca de manera coherente y continua, con independencia
del local, el día, o incluso el país. No basta con definir una
experiencia de calidad y plasmarla en el manual correspondiente. Hay que
cumplirlo en toda la red de establecimientos y en todos y cada uno de los
contactos con el cliente, sólo así se producirá una deseable vinculación
entre experiencia y marca. Diferenciada:
busque qué puede hacer diferente y mejor que sus competidores,
aquello que supondrá un rasgo diferencial y definitorio de su marca, de
sus productos y servicios, aquello que le permita ofrecer al cliente una
experiencia única capaz de conquistarle. No se conforme con hacer “más
de lo mismo” (¡eso ya lo hace otro, y posiblemente más barato!) diferénciese,
mejore, innove. Sólo así se puede destacar en la “guerra de los
clones”, en la que frecuentemente se ve sumida la Franquicia. Valorada:
finalmente (y no por menos importante, sino todo lo contrario) una
experiencia será valorada por el cliente en relación a la capacidad de
ésta para satisfacer sus necesidades, ya sean manifestadas o latentes,
funcionales o emocionales. Si el cliente no percibe ese valor, aquella
experiencia no le aportará nada a él ni a la marca. De manera recíproca,
en la medida en que una enseña sea capaz de generar vivencias de valor
para sus públicos, podrá aspirar a obtener un mayor retorno del valor
que éstos aportan a la empresa (compras presentes y futuras). En
definitiva, sólo cuando la experiencia del cliente sea gestionada de
forma intencionada, integral y consistente, aportando diferenciación y
valor, podremos hablar de “experiencias ganadoras”, aquellas que nos
permitirán atraerle, seducirle y retenerle.
Rafael González Mayo 2005
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